Cuando Gregorio Cenitagoya regresó por primera vez a
Asturias, en 1961, le invadió la desazón. En 1946 se había exiliado en Francia
tras haber participado como voluntario durante la Guerra Civil, ser detenido en
varias ocasiones y haberse unido a la guerrilla antifranquista. Hace apenas una semana pisó de nuevo su pueblo, San Esteban de Pravia, con el objeto de
presentar un libro de poemas. «Volver
ahora es un sueño hecho realidad. Es magnífico», subrayó.
Gregorio nació en Muros de Nalón el 3 abril de 1921. Fue
el tercer hijo del bilbaíno José Cenitagoya -obrero del ferrocarril
Vasco-Asturiano- y de la gallega Mercedes González. «Como fruto de su
matrimonio nacieron once hijos», precisa. Su padre había tenido una vida azarosa.
Emigrante en Cuba y México, a su regreso a Europa fue alistado en la Legión
Extranjera francesa mediante un engaño. Logró escaparse en 1915 para después
ser apresado en la cárcel de Guernica, donde conoció a su futura esposa. Tras ser puesto en libertad, se asentaron en Muros.
Cuando Gregorio apenas tenía tres años de edad, su
familia se trasladó a San Esteban de Pravia. «Fueron los años más felices de mi
vida. Jugábamos en El Garruncho, íbamos a pescar cangrejos y quisquillas y
subíamos en lanchas hasta El Castillo para bañarnos», subraya.
La Revolución de 1934 cambió sus vidas. José estaba
afiliado al Partido Comunista desde 1923. Él y su hijo de mayor edad, Pepe,
participaron en la huelga revolucionaria. «Mi padre tuvo que escapar a Francia
y mi hermano fue detenido y torturado», comenta. Su madre se quedó sola con
siete hijos a su cargo y Gregorio se vio obligado a dejar la escuela para
trabajar en el puerto.
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| Gregorio Cenitagoya gesticula durante una conversación/ Ignacio Pulido |
Durante la campaña electoral de febrero de 1936, Gregorio
apoyó al Frente Popular. «Cuando ganamos el 23 de febrero, ya veíamos venir la
que se avecinaba», reconoce. Su memoria le permite recordar el estallido de la
contienda con claridad. «Se organizó un comité de guerra en la Junta de Obras
del Puerto. La primer acción consistió en tomar el cuartel de la Guardia Civil.
No obstante, los guardias habían huido», explica. La familia Cenitagoya
permaneció en el pueblo hasta que fue evacuado, coincidiendo con el avance de
la columna gallega de Prado, que tomó sus calles el 7 de septiembre de 1936.
«Mi padre nos embarcó en el tren con destino a las
cuencas mineras a siete hermanos y a mi madre. Él organizó la voladura del
puente de Soto del Barco», rememora y prosigue señalando que, tras un primer intento
fallido, los milicianos lograron volar dos tramos del viaducto. «Fallaron y
tuvieron que ir de noche a las cuencas mineras en un coche para buscar más
dinamita», asegura.
Mientras que el grueso de la familia fue evacuada a
Figaredo y después a Avilés, José Cenitagoya se incorporó al comité organizado en el castillo de San Martín. «Durante una visita
al frente del Nalón presencié los preparativos de un desembarco con el que se
pretendía hacer una maniobra envolvente sobre San Esteban», señala. En 2007,
Gabino Díaz, vecino de La Imera, se refirió a un hecho similar, en el que las
tropas republicanas se adentraron sin éxito en la veiga de Los Cabos.
Siguiendo los pasos del primogénito, Gregorio y su
hermano pequeño, Adolfo, se alistaron voluntariamente. «Fui destinado a un
batallón de minadores-zapadores que estaba fortificando el frente en Candamo»,
comenta. Poco después, fue integrado en la primera compañía del batallón «Pablo
Iglesias», comandado por Faustino Muñiz. «Mi tarea era realizar labores de
correo y ayudante de cocina», concreta.
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| Gregorio Cenitagoya en San Esteban de Pravia/ Ignacio Pulido |
En el frente del
sector del Escamplero presenció los durísimos combates del pasillo de Grado.
«Estábamos en una posición conocida como “La Loma”, en zona de La Trecha. Desde
allí divisábamos el monte de Los Pinos», explica. Fue testigo de «una gran
ofensiva». «Los vascos llegaron con nuevos fusiles. Pensé que nos íbamos a
comer al enemigo pero todo fue un fracaso. El batallón “Larrañaga” se quedó
emboscado y hubo muchos muertos y heridos», lamenta.
Durante un permiso en Avilés para visitar a su madre,
sufrió un bombardeo de la aviación rebelde cuando ayudaba a unos heridos a la
entrada de un refugio. Perdió un pulmón y sufrió daños en el ojo izquierdo. «Me
recuperé rápido y regresé al frente», subraya.
Sin embargo, la situación comenzaba a ser insostenible
para los republicanos. En plena debacle, el Partido Comunista organizó la
evacuación de centenares de niños, entre ellos cinco hermanos de Gregorio:
Adolfo, Paco, Carmen, Manuel y Mercedes. El 24 de septiembre de 1937 zarparon
de El Musel con dirección a Saint Eser (Francia). Luego hicieron escala en
Londres y desde allí partieron a Leningrado, a donde llegaron el día 3 de
octubre. «Me enteré cuando estaba en el frente, ni siquiera pude despedirme de
ellos. Nunca más volvimos a estar todos juntos», recalca. Años más tarde, sus padres también recalarían en
la URSS.
Los bombardeos sobre Gijón y Avilés se intensificaron.
«Un teniente me dio permiso para visitar a mi madre. Mi calle parecía un
paisaje lunar. Pensé que ella y a mi hermana de tres años habían muerto, pero
estaban bien», afirma emocionado. No regresó al campo de batalla. Un día
después se inició la evacuación del frente. «El puerto de Avilés era un caos,
lleno de soldados que buscaban sitio en vaporas para huir», afirma. Gregorio y
su madre intentaron embarcar pero prefirieron refugiarse en las cuencas mineras
con la esperanza de encontrar a su padre. No pudieron. Las tropas regulares se
lo impidieron en Busdongo. También probaron suerte en Gijón, pero El Musel ya
tan sólo era un escenario de desolación. «La gente se suicidaba al no encontrar
barcos. Decidimos regresar a Avilés», indica.
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| Gregorio Cenitagoya se abraza a Manuel González, vecino de San Esteban de Pravia/ Ignacio Pulido |
Se inició de este modo un calvario para ellos. Poco
después, su madre, que había formado parte del comité de Avilés,
fue reconocida por un grupo de falangistas de su pueblo. Estuvo
detenida en Avilés y, tras librarse in extremis de ser fusilada en el pinar de
Salinas fue recluida en San Esteban, en los almacenes de Gurín. «La visité allí
y me detuvieron », comenta. Luego fue confinado en un campo de concentración de
Candás, en la fábrica de conservas Alfageme. «Nos pusieron a construir la
carretera del cabo Peñas. Fue durísimo pero logré escaparme y volver al
pueblo», rememora.
Su madre había sido trasladada a la cárcel de Pravia,
estando embarazada de mellizos. Él, por su parte, se vio obligado a abandonar
de nuevo San Esteban tras sufrir una paliza cuando recogía carbón en las vías
del tren. «Me quisieron matar. Huí a Galicia con mis abuelos. Allí me
reencontré con mi padre, y posteriormente con mi hermano. Mi madre fue
trasladada a Bilbao», comenta.
Inició entonces un periplo por España junto a su
progenitor, ganándose la vida cómo podían y alternando periodos en prisión. Su
madre fue puesta en libertad, junto a sus mellizos, tras cuatro años de
reclusión y Gregorio regresó a Galicia, donde participó en la organización de
la resistencia antifranquista. Allí conoció a su esposa, Fina López. Asimismo,
antes del fallido intento de la guerrilla de iniciar una invasión a través del
valle de Arán, Gregorio contactó con los escapados que se encontraban en la
zona de Salas. «Mi hermano se encontraba allí trabajando en la construcción del
tren que iba a comunicar con Villablino y que, finalmente, se abandonó»,
señala.
En 1946, decepcionado por la decisión de los aliados de
no intervenir en España, se exilió en Francia, donde ya estaban su hermano y su
padre. Durante cinco años trabajó allí y ahorró para comprarse un pasaje junto
a su mujer y su hijo, Carlos, con destino a Sudamérica. «Estuve diez años
allí», afirma. En 1960, intentó entrar España sin éxito. Fue detenido en Irún y
devuelto a Francia después de varios días. Luego, tras obtener pasaporte,
volvió a viajar a Asturias y Galicia.
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| Gregorio Cenitagoya en la playa de El Garruncho/ Ignacio Pulido |
Volver a vivir en su pueblo dejó de ser una opción. «Hice
mi familia en Francia con mi esposa, con la que compartí sesenta y un años de
vida», subraya. Actualmente, sólo viven cuatro de sus hermanos. Su padre
falleció en Bilbao en 1985 y su madre en Rusia, donde fue enterrada.
El 17 de abril Gregorio volvió a sentir la brisa
del Cantábrico en el «El Garruncho» y a pisar San Esteban, ese lugar que como
él mismo escribió «Fue en este pueblo de mi niñez/ de juegos, de amor y
trabajo/ lo que en mi vida más me ha marcado».
Ignacio Pulido/ San Esteban de Pravia (Publicado en LNE el 28 de abril de 2013)